Las calles, un homenaje

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Las calles, un homenaje

Amigos y amigas, esta entrada la escribo a título personal: Adriana Esnaola (hija de Inés y Jorge) a modo de... "diario compartido", por ponerle un nombre. Lo cierto es que me pareció buena idea aprovechar este espacio para compartir reflexiones y algunas ocurrencias sobre esta ausencia repentina de calle que vivimos. ¡Espero que os guste!

¡Cuántos espacios se han quedado vacíos estos meses! Los que compartíamos a diario los hemos visto en fotos: plazas, cafés, parques (y se asemejan, solo un poco, a ciertas postales que se venden en tiendas de souvenirs, que muestran monumentos o calles vacías -como si ese fuera su estado habitual-. Ahora, sin embargo, estas estampas las miramos desde otro lugar, ahora la ausencia de personas la vemos distinta). Hace poco me puse a imaginar algunos lugares que no hemos visto en imágenes pero que se han vaciado también, pensé en las bibliotecas, en los pequeños despachos, en las guarderías, en las grandes redacciones de periódicos, en los gimnasios, en las iglesias...

... es curioso, me daba cuenta de que a todos estos lugares, y muchos más, hasta hace poco y de forma inconsciente, los he “metido” en un mismo “saco” o palabra: “calle”. No podíamos salir “a la calle” es decir, no podíamos salir “a ningún sitio”. En un artículo de urbanismo que he leído estos días en un arrebato de nostalgia, proponían la definición de calle como la “no-casa”; y visto así, este "saco" cobra sentido.

Sin embargo, he querido hablar en este artículo de las calles como los espacios urbanos lineales que también son. No desde el urbanismo, sino más bien desde una mirada un poco perpleja y reflexiva, que se asombra de que algo tan cotidiano, ¡tan familiar! hoy me inspire preguntas y pensamientos.  

Calles como ríos

¿Echáis de menos las calles? ...si puedo seros sincera, el primer mes, yo no mucho, al menos las que más transitaba. Las últimas veces que recorrí, antes de aquel 14 de marzo, ciertas vías de la zona centro, me sentí como en un río caudaloso con un par de afluentes (igual de grandes y potentes que él) que te arrastraban y desembocaban irremediablemente en tiendas, cafés o bocas de metro.

Al hacer memoria lo sentí así, la propia calle, en estos casos no es un sitio para quedarte a ver “la vida pasar” como se suele decir, y los espacios en los que puedes “refugiarte” del fluir del torrente tienen condiciones: “tienes que consumir algo” u “o vas a algún sitio o entorpeces” –salvándose quizás, solo quizás, algunas tiendas-.

Calles como valles

Pero hay otros tipos de calles, quizás más anchas, o no, o más estrechas pero peatonales... estoy pensando en la explanada que está frente al museo del Prado ¿la podemos llamar calle?, o en el paseo de Recoletos, la calle Magdalena, las que rodean el Centro Conde Duque… o en las que están por la Plaza de San Ildefonso…

Esas sí las echo de menos. Preferiría que no me hubiera salido el pareado en el título: “calles como valles” pero joé, me está costando encontrar otra palabra que me sirva tan bien (¿alguna sugerencia?). Este tipo de vías son más zonas de reposo, al menos, así las vivo yo. ¿No sentís que hacen falta zonas de reposo en las ciudades? “reposo” en general, de la vida, “de la existencia”, como diría mi profesor de Geografía de la facultad.

Calles en compañía

Durante un tiempo, cuando iba a discotecas con dieciséis diecisiete años, pensé que lo que hacía a un local mejor o peor era la propia arquitectura del espacio y la música que se pinchaba. La compañía no era tan importante; intercambia a fulano por mengano y dará igual, siempre y cuando conserves la electrónica o el electro-swing. Pero esta creencia se derrumbó pronto, porque la verdad es que por mucho que disfrutase los bailes, salía sobre todo para... creo que hoy diría que para descansar de la vida, y esto, lo conseguía con personas escogidas. Así que aprendí, que en mi caso, la compañía era lo indispensable.

Supongo que con las calles ocurre lo mismo, al menos para mí. La buena compañía es arquitecta de espacios o “atmósferas” que lo envuelven todo y lo transforman. Recuerdo caminar con un compañero escritor por el Paseo de la Castellana por la noche y que me señalara un edificio iluminado; le parecía curioso por las formas que hacían las luces en la fachada -a mí también me lo pareció-. Desde entonces siempre que paso por ahí me fijo en él y recuerdo la sensación de tener, como se suele decir con ánimo burlón pero en este caso literalmente: cuatro ojos.

Echo de menos la compañía transformadora de algunas personas y las calles por las que paseábamos, fueran las que fueran. Desde luego prefiero los valles para conversar y descansar, y tener tiempo para darme cuenta de lo que pienso, o más bien de lo que siento. Pero seguiré navegando ríos, -por necesidad, claro- así que ojalá lo haga siempre en esta compañía.

Una despedida

Cierro este artículo con preguntas que me rondan la cabeza ¿echáis de menos las calles, entonces? y en caso de que sí ¿por qué?  o ¿el qué, específicamente? ...como siempre gracias por leernos y ya sabéis que podéis dejar en la sección de comentarios ocurrencias, pensamientos, nuevas pregunta, recuerdos... 

Feliz miércoles, viandantes.

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